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10 de marzo de 2026

“Hay que comprenderlo y que nunca más se vuelva a repetir”

Historiador, profesor, divulgador, Felipe Pigna repasa la previa del golpe del 24 de marzo de 1976, destaca la resistencia obrera frente al exterminio y la lucha de los organismos de derechos humanos, y analiza las continuidades de la última dictadura y el gobierno de Milei.

“Las Abuelas son un ejemplo de persistencia frente a las adversidades, a las agachadas de los distintos gobiernos democráticos y a la elusión de la justicia. Han logrado importantes avances científicos, como la creación del Banco Nacional de Datos Genéticos, y han restituido a muchos nietos, aunque todavía faltan. Es una tarea muy difícil, casi microscópica, por eso son una de las organizaciones de derechos humanos más reconocidas y prestigiosas a nivel mundial”, afirma el historiador Felipe Pigna, en diálogo con este Mensuario, invitado a reflexionar sobre los 50 años del golpe de 1976.

Hay quienes se han referido al hilo que conecta el genocidio de los pueblos originarios con el de la última dictadura. Incluso a la práctica de la apropiación de los hijos de las mujeres indígenas, para esclavizarlos, como antecedente del robo de los hijos de las desaparecidas.

El primero que trazó ese hilo fue David Viñas, que después amplió Osvaldo Bayer. Es una comparación muy atinada de dos modelos que necesitan imponerse a la fuerza: uno, a partir de la batalla de Pavón [1861], la llamada Organización Nacional, y el otro, el Proceso de Reorganización Nacional. Una etapa es hija de la otra. Hoy, el discurso de la ultraderecha, representada por Milei, propone volver al país previo a 1910, antes de los derechos sociales, las leyes laborales, el voto femenino, inclusive del voto universal, que data de 1912. Hay abundante literatura de la década de 1880 que sostiene que se puede vivir de la agroexportación: la industria –dicen– sólo nos va a traer conflictividad, un movimiento obrero combativo y peligroso, mejor mantengámonos con la estancia, el peón, el patrón...

Existe un enorme archivo para acercarse a la dictadura, sin embargo, parece haber una imposibilidad de ver la historia como un proceso, ¿qué papel cabe a los historiadores?

Uno muy importante, la idea de proceso histórico es fundamental, que tiene un antes, un después, un porqué. Los porqués no tienen que ver con la justificación, sino con la comprensión. El nazismo es perfectamente explicable, y está en las antípodas de la justificación, es necesario comprenderlo y que nunca más se vuelva a repetir. En el caso de la dictadura, hay que comprender, por ejemplo, la previa al golpe, conocer que la represión comenzó antes y que una parte de la sociedad la avaló. La dictadura tuvo un consenso importante, por el desastre económico que fue el gobierno de Isabel, por la violencia armada, que era hartante, la de la Triple A, la de izquierda, aislada y descolgada de lo que le pasaba a la gente. El sistema político, además, estaba muy desautorizado, con pocas figuras de reemplazo, la propia oposición decía que no había solución, lo dijo Balbín. Frente a este panorama, la gente pensó que el golpe de Estado era una solución. Luego, por supuesto, se van a desencantar, a sentirse traicionados, vulnerados. Hay que entender esta situación previa, que habitualmente se pasa por alto, lo cual se vincula con la reelaboración que se hizo en la primera etapa democrática, cuando se prefirió decir que todo comenzó en el 76, en una especie de acuerdo del radicalismo y el peronismo, una mirada que ignora el proceso histórico, y que derivó en la tremenda teoría de los dos demonios, que hablaba de una equivalencia entre la acción de los grupos armados y la del Estado terrorista, que no tiene ningún asidero.

Eras un adolescente cuando fue el golpe, ¿qué recuerdo tenés?

Lo tengo muy fresco, estaba en el colegio secundario, en 5to año, las clases comenzaron en esos días, todos esperábamos el golpe. Yo estaba con la radio prendida esa madrugada del 23 al 24 cuando salió el comunicado, y trabajaba de cadete en un lugar ubicado en Callao y Alvear, corazón de Recoleta, barrio oligarca, entonces le pregunté a mi patrón si tenía que ir a trabajar, y me dijo: “Hoy más que nunca”. Cuando llegué, estaban brindando con champán, me convidaron, pero dije que no bebía. La sensación era que no se sabía muy bien qué forma iba a tomar el golpe, pero sonaba a algo tremendo. Había un desconcierto tan grande que los pronósticos de las organizaciones armadas eran benévolos, pensaban que iba a ser una reversión de la Revolución Argentina, que había tenido niveles de terror de Estado con desaparecidos, torturados, presos políticos, pero en una baja proporción. Esto evidenciaba el desconocimiento de lo que ya ocurría, el Ejército operaba en Tucumán, manejaba la represión en todo el país, por los decretos que habían firmado Isabel, Ruckauf, Luder. Había, inclusive, cierta visión positiva, la gente iba a tener claro ahora quién era el enemigo, dicho por los propios líderes de Montoneros. Y otro aspecto que se pasa por alto, en un sector de las ciencias sociales y de la academia, es la importantísima resistencia obrera que tuvo el golpe, desde el principio, en las principales fábricas del conurbano. Entre 1976 y 1978 hubo más de 200 conflictos, como el de SEGBA, la empresa estatal de electricidad, donde el primer año de la dictadura hicieron protestas muy creativas, como el “trabajo a tristeza”, que se cobraron varios desaparecidos. En el caso de algunas compañías desapareció la comisión interna completa. Es importante recalcar la resistencia de un sector del movimiento obrero al plan económico y de exterminio de la dictadura.

Mucho se habla de la continuidad entre el actual gobierno y la dictadura, ¿se trata de una nueva revancha histórica?

Sí, es uno de los aspectos de la dictadura, del macrismo, no tanto del menemismo –que hizo otro desastre, pero allí prevalecían los negocios–, y del mileismo. Hay una cuestión de revancha social, muy bien manejada, con la contención del conflicto social, atentos a la cantidad y el monto de los planes sociales, de hecho, es el gobierno de Milei es el que más planes entregó y que se ocupa de actualizarlos, por eso, de alguna manera, está frenada la movilización de los sectores populares. Veo una revancha que se está ejecutando en todos los órdenes, en la represión directa, en la política económica, en la universitaria, en la salud, en la cultura, hasta a la TV Pública le van a cambiar el nombre. Hay una batalla cultural que están dando de manera hábil e inteligente.

Nuestra democracia nació bajo el consenso del Nunca Más y con la Memoria, la Verdad y la Justicia como principios legitimadores, ¿qué pasó en el camino?

Si se avanzó en ese terreno fue por la lucha de los organismos, que nunca bajaron las banderas, y después porque la Argentina, tras la derrota de Malvinas, empezó a vislumbrar quiénes eran estos personajes. Tardó mucho. Hubo un primer quiebre, en 1981, con la crisis de la banca [que marcó el fin de la “bicicleta financiera”], y que con la derrota de Malvinas fue terminante. Hubo un consenso, entre las clases medias que apoyaron a Alfonsín, de que era necesario hacer justicia sobre lo que había pasado, limitada, pero muy importante, y ahí también hubo acuerdo entre los dos partidos mayoritarios de que la historia, para la justicia, se iba a contar a partir del 24 de marzo del 76, algo más sencillo en términos discursivos y prácticos. Recordemos que en 1983 la presidenta del PJ seguía siendo María Estela Martínez de Perón, por lo cual Alfonsín se hubiera tenido que meter con ella y con el peronismo, porque toda esta tragedia comenzó en 1975, con el gobierno de Isabel.

Así como para el trabajo de Abuelas el ADN es una prueba clave para encontrar a los nietos, ellas siempre tuvieron claro que era un dato, el único en muchos casos, indispensable para restituir una historia familiar y social, ¿puede que ese sea, en algún sentido, el papel del historiador, reanimar una historia silenciada?

Por supuesto, es un duro rompecabezas, a veces antipático, porque hay llagas de cómo contar esta historia, y si alguien se sale del libreto lo miran raro. Pero la historia hay que contarla como es, independientemente de si a alguien le guste o no recordar ciertos hechos incómodos. Imaginemos si las Abuelas estuvieran atentas a las campañas de difamación, a todo lo que dicen y lo que hacen los medios, que han sido cómplices históricos de la dictadura, no harían nada. Por eso, sin importar lo que se diga, ellas saben lo que tienen que hacer.

¿Qué aspectos de la dictadura hay que seguir profundizando?

Ahora estoy publicando un libro, que se va a titular El 76, que habla estrictamente de ese año dramático, y le dedico un capítulo a la cultura, a lo que fue la censura, pero también la resistencia, porque se seguía produciendo cultura, algo que a la dictadura le molestaba. Me enoja cuando se dan los ejemplos de la cuba electrolítica, o de los hermanos Marx, que no reflejan lo que fue la censura, que fue precisa. El decreto de censura de Mascaró, la novela de Haroldo Conti, tiene dos páginas: la leyeron, la analizaron, reconocen que es una obra de excelente valor literario y argumentan por qué la prohíben. Hay que salir del cliché de que eran brutos que no entendían nada. No es así. Realizaron una tarea minuciosa que llevó al genocidio. Esa burocracia de la muerte, como decía Hannah Arendt, la llevaron adelante prolijamente.

Fuente: Abuelas
Autor/a: Abuelas